Jornada solidaria de la Policía benefició a habitantes del barrio Pastrana

La iniciativa benefició a varias familias que atraviesan dificultades económicas en este sector de Magangué.

Por: Emilio Gutiérrez Yance

El río Magdalena River baja lento, como si también sintiera el peso del calor que arropa a Magangué. A su orilla, las garzas levantan vuelo en silencio, dibujando en el cielo blanco una calma que no siempre alcanza para las casas del barrio Pastrana.

En Pastrana, el día arranca temprano y la lucha nunca se toma descanso. Aquella mañana, sin embargo, tenía otro aire. El sol pegaba igual de fuerte, pero algo distinto se movía entre las calles: una patrulla que no venía a apurar, sino a aliviar.

Los policías de Tránsito y Transporte de Bolívar se bajaron con bolsas en la mano. No eran cualquier bolsas. Eran mercados de esos que hacen falta cuando la alacena está flaca y el bolsillo más. Un perro, flaco y celoso de su cuadra, les ladró sin prisa, como anunciando que algo inusual estaba pasando.

—“¡Mire, llegó la Policía!”— gritó un pelao desde la esquina. Pero no corrió. Se quedó ahí, curioso, con una sonrisa tímida, mirando cómo la escena rompía la rutina del barrio.

Las puertas comenzaron a abrirse. Primero una rendija, después completas. Doña Carmen salió secándose las manos en el delantal. Don Luis dejó su mecedora y se puso de pie como pudo. Y los niños, que todo lo convierten en fiesta, rodearon a los uniformados.

En medio del calor, un mango maduro se soltó del palo y cayó seco contra el suelo, como si también quisiera ser parte de ese momento. Nadie se apuró. Todo pasaba con una calma rara, distinta, como si el tiempo hubiera decidido caminar más despacio.

—“Esto es para usted, con mucho cariño”— dijo una de las uniformadas, entregando la bolsa. Y entonces ocurrió lo que no sale en los informes: ojos brillosos, risas nerviosas, abrazos sin protocolo.

—“Dios me los bendiga, mija… usted no sabe lo que esto significa”— dijo Doña Carmen, con la voz quebrada, apretando el mercado como quien sostiene un respiro.

En otra casa, una mamá joven abrazaba la bolsa mientras su hijo preguntaba si ya iban a cocinar. Más allá, un abuelo levantó la mano en silencio, agradeciendo sin palabras. Y los policías se quedaron un rato más: escucharon, rieron, conversaron. Por un momento, no hubo rangos. Solo gente ayudando a gente.

Cuando la patrulla se fue, dejó algo más que mercados. Dejó voces: “¡gracias!”, “¡que Dios los acompañe!”, “¡vuelvan pronto!”. Y aunque el sol siguió firme sobre Pastrana, el barrio se sintió distinto. Más liviano. Más humano. Porque hay días en que la autoridad no se mide en órdenes, sino en abrazos.

«Nuestro compromiso es estar cerca de la comunidad, no solo garantizando la seguridad, sino también tendiendo la mano a quienes más lo necesitan», señaló el coronel Diego Fernando Pinzón Poveda, comandante Departamento Policía Bolívar.